domingo, 11 de septiembre de 2016

Mario Gabaldón

Le conocí en 1985 mientras me ocupaba en el rescate de las áreas verdes del Parque del Este de Caracas. El fungía como jefe de la División de Estudios Básicos en la Dirección de Parques Nacionales, que para aquellos días tenía su sede en el mencionado parque. Un mediodía se acercó para comentar sobre los chaguaramos que se elevan a la altura del primer cafetín, por el acceso norte y que miran muy esbeltas hacia El Ávila. Observábamos aquellas palmas mientras él agregaba que tenían la misma edad y porte, lo que dejaba ver que no habría allí una sucesión vegetal. Supuse -dije- que así fue planificado el paisajismo por el arquitecto Roberto Burle-Marx, mas le di la razón y agregué sus comentarios en mis notas de campo. Estaba enterado que Mario Gabaldón era un ducho arquitecto paisajista, egresado de la Facultad de Arquitectura de la magna casa de estudios (UCV, 1973). Al año siguiente, en octubre de 1986, me propuso pasar a formar parte del equipo técnico de la Dirección de Parques Nacionales, que entonces dirigía José Ramón Orta -otro incansable paladín de los parques nacionales-. Pasé así por un primer curso de capacitación donde conté con la fortuna de tener a Mario como expositor en el arte de la recuperación del patrimonio natural. También estuvo presente cuando recibí mis primeros encargos dirigidos hacia El Ávila, la Laguna de Tacarigua y Morrocoy, tres parques nacionales con tres diferentes ópticas para la conservación y manejo. Pero sobre todo Morrocoy.

En sus inicios, ya aficionado al buceo y a la fotografía, Mario acompañó a una comisión española que nos visitaba a mediados de los setenta para capturar imágenes destinadas a un libro en preparación sobre los parques nacionales de Venezuela. Sus autores fueron tres grandes venezolanos: Ricardo Gondellez, José R. García y Julian Steyermark. Detrás de ellos, nunca a la sombra iba él, coordinando la labor fotográfica submarina de la misión española. El producto final fue publicado por la editorial Incafo (Madrid) en 1977, y pasó a ser una valiosa e histórica obra para cualquier biblioteca venezolana.

Y escribo "sobre todo Morrocoy", porque su gesta en los cayos de Chichiriviche y Tucacas en 1974 llegó a ser única, impecable e irrepetible. Él mismo se ocupó en rememorarla cada vez que le fue posible. Para que no cayera en la indiferencia ni en el olvido -en un país desmemoriado- nos hablaba sobre los costos políticos y sociales para sanear las costas e islas coralinas- principalmente los cayos Muerto, Sal y Sombrero- atestadas de viviendas ilegales de carácter sólido y erigidas por corruptos militares de alto rango, en aras de su disfrute personal. En aquellas exposiciones fotográficas llegamos a ver a un alto oficial de la Guardia Nacional encadenado a un pilar de su vivienda, buscando evitar la demolición. Un golpe seco contra su rostro, abucheos y gritos ofensivos en su cara, tumulto de ocupantes de alta jerarquía que buscaron impedir el establecimiento de los cayos de Morrocoy como parque nacional. No fue fácil abrirse camino para demoler las viviendas, menos todavía convencer a los lugareños sobre los beneficios para el bien público y de la Nación. La Presidencia de la República tuvo que intervenir y en adelante fue escoltado por dos generales para cumplir la tarea encomendada.  

A comienzos de la década de los 70 había iniciado su carrera profesional como pasante bajo la tutoría de José Rafael García,  para ingresar en 1975 como técnico en la Dirección de Parques Nacionales. Había coincidido en un momento en el que se necesitaban técnicos con temple y carácter férreo para medirse con los más difíciles obstáculos sociopolíticos. Entonces ya Mario había culminado su propuesta de Plan Maestro para el parque nacional Henri Pittier como tesis de pregrado.

En lo cotidiano se caracterizó por crear momentos de animadas e ilustrativas discusiones, por lo que difícilmente se le veía solo. Hacía placentera la labor en aquella atmósfera comprometida con la conservación y el manejo del más valioso tesoro natural de Venezuela. Él fue un punto de referencia para alguna opinión razonable y alguna vez nos comentó que entre sus primeras tareas asignadas estuvo la lectura de las ponencias y resultados del primer congreso internacional de parques nacionales, realizado en Grand Teton (Estados Unidos) en 1962. Y ese mismo fajo de informaciones -todas de portada de un verde suave- me los entregó para replicar el aprendizaje. Sucesión dijo sonriente mientras se alejaba al ritmo de su tranquilo paso.

En 1989 se optó por el cargo de director de parques nacionales, y entonces le vimos atendiendo mejoras de sueldos del personal subalterno, confrontaciones con enemigos acérrimos de los parques nacionales, en diálogos constructivos con obreros, activo en la prevención y combate de incendios, preocupado por el parque automotor y con mejoras en infraestructuras. Pero también aplicando medidas disciplinarias, colocando pasantes entre el personal fijo, y también otorgando méritos al mejor desempeño técnico. En este punto y en lo que a mi respecta -y reafirmando sus principios de sucesión- me envió como director al Amazonas para llenar un vacío existente y encontrar formas de frenar la avalancha minera en el Cerro Yapacana. Y recorrió cada rincón de Venezuela en donde fue necesaria su presencia y sapiencia práctica. Aplicó por vez primera la más novedosa -pionera en América Latina- regulación para ordenar más de una docena de parques nacionales y monumentos naturales. En 1992 impulsó la realización del IV Congreso Mundial de Áreas Protegidas en Caracas, y sin haber llegado aun a la cúspide de su carrera profesional, ese mismo año fue premiado por la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) con el galardón Fred M. Packard International Park Merit Award.

Nunca estará demás decir que colocó su entero apoyo a la designación de Canaima como Patrimonio Natural Mundial (1995), y que se ocupó en ampliar la cobertura de áreas protegidas en las selvas del Alto Orinoco y la Amazonia con la creación del mayor parque nacional de Venezuela. Y sin lugar a duda fueron aciertos la protección legal de todos los tepuyes y otras montañas en el Estado Amazonas como monumentos naturales, y todavía más allá, el apoyo que le brindó a la cooperaciones internacionales española y alemana.
La interrupción de su gestión como director de parques nacionales ocurrió en 1995 y dejó en el olvido la creación de la tan necesitada escuela para la formación de guardaparques en Rancho Grande, en aquellas viejas instalaciones ubicadas en las inmediaciones de los bosques nublados del parque nacional Henri Pittier. En eso no le fue posible cerrar el círculo, su misión. Rancho Grande fue el conocido inicio de su relación con el mundo de la conservación. Aquella unión de la enseñanza con la conservación catalizó su faceta como docente en diferentes universidades y a diferentes niveles, formando tanto guardaparques como académicos en física ambiental, paisajismo, rescate del patrimonio cultural y en turismo. Y ya fuera de Inparques se mantuvo en la lucha contando con su natural liderazgo. Culminó sus estudios hasta lograr el título de doctor en arquitectura (2007), y tuvo el mérito de presidir y gerenciar con su imponente presencia el Jardín Botánico de Caracas, restaurando instalaciones que conforman parte del Patrimonio Cultural Mundial (Unesco), rescatando el paisajismo, recuperando lo que alguna vez fuera aquel centro que llegó a reunir la mayor colección de especies de palmas en América del Sur.

En el transcurrir del tiempo nunca hablamos en términos biográficos, por lo que quedarán  muchos momentos interesantes sin comentar. Pero a nuestro juicio tres elementos configuran su huella, en primer lugar su filiación con quien fuera a nivel mundial el primer ministro del ambiente, Arnoldo José Gabaldón (1977-1979), que le acercó a su postura frente a los problemas de la humanidad en su trato con la naturaleza, y de aquí su pasión por los estudios ambientales. El segundo de los elementos fue su profundo conocimiento de la filosofía y política de los parques nacionales a través de su mentor y máxima autoridad en áreas protegidas, José Rafael García. El tercero fue una gran preocupación por el futuro de Venezuela, por haber sido testigo vivo de la construcción de una de las democracias más sólidas de América y a la vez observador de su rapiña y destrucción.

El pasado 8 de agosto falleció en Caracas Mario Felipe Gabaldón López, un venezolano muy preocupado por su país, consciente de su historia y tradiciones, abridor de caminos, formador de generaciones, forjador de ambientalistas. Para el triste momento ejercía la presidencia de la Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales.

No me ha sido posible atrapar en estas rápidas líneas la dimensión humana de un jefe como pocos y la de un entrañable compañero. He utilizado experiencias propias, pero también hechos contados por terceros, cosa frecuente en esta suerte de historias y que presumiblemente terminan con mayor claridad que lo que se alcanza a ver en la realidad. Tal como es mi preocupación -y la de muchos de mi especie- Mario nos hará mucha falta, sobre todo en tiempos de la tan esperada y necesaria reconstrucción de este desdichado país.

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