jueves, 29 de diciembre de 2016

Temperamento





Temperamento (del latín temperamentum, ‘medida’), peculiaridad e intensidad individual de los afectos psíquicos y de la estructura dominante de humor y motivación.

Médicos de la antigüedad como Hipócrates y Galeno distinguían cuatro tipos de temperamentos, considerados como emanación del alma por la interrelación de los diferentes humores del cuerpo: sanguíneos, las personas con un humor muy variable; melancólicos, (Ver melancolía) personas tristes y soñadoras; coléricos, personas cuyo humor se caracterizaba por una voluntad fuerte y unos sentimientos impulsivos, en las que predominaba la bilis amarilla y blanca, y flemáticos, personas lentas y apáticas, a veces con mucha sangre fría, en las cuales la flema era el componente predominante de los humores del cuerpo.

Actualmente se acepta que ciertas características del temperamento se deben a procesos fisiológicos del sistema linfático, así como a la acción endocrina de ciertas hormonas. El temperamento tiene, por tanto, un porcentaje genético nada despreciable. También se acepta, de forma general, que los efectos intensos y permanentes del entorno pueden llegar a influir de forma importante en la formación del temperamento de cada individuo.



Melancolía, palabra que deriva del griego mélaina, negra, y kholé, bilis, bilis negra o atrabilis, designa un estado emocional que se caracteriza esencialmente por una profunda tristeza.

Melancólicos y saturninos

El significado etimológico remite a la teoría fisiológica antigua de los cuatro humores: bilis negra, bilis amarilla (o roja), sangre y flema. Según el mayor o menor equilibrio entre esos humores, se hablaba del estado de salud de los individuos. Durante la edad media tuvo gran difusión la llamada caracterología humoral, que atribuía al predominio de uno u otro humor una determinada configuración psicológica: melancólicos, coléricos, sanguíneos y flemáticos.

Por otra parte, se estableció una correspondencia entre los cuatro humores y los astros: Marte aparece como rector de la bilis roja; Júpiter de la sangre; la Luna de la flema; y Saturno de la bilis negra o melancolía. La relación con Saturno tiene una tradición que arranca en el siglo IX, entre los escritores árabes, y se extiende durante el resto de la edad media y el renacimiento a través de las manifestaciones literarias y en la iconografía. Escritores contemporáneos, como Paul Verlaine, han continuado esta asociación entre los melancólicos, tristes e imaginativos, y la influencia de Saturno. Sin duda, este vínculo permanece en varios términos que reflejan de manera más o menos directa la filiación etimológica: una persona ‘soturna’ o ‘saturnina’ tiene un carácter triste y taciturno. Los colores del planeta —oscuro y negro—, así como su frialdad y sequedad se relacionan con la tendencia a la melancolía. Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl, en el libro Saturno y la melancolía. Estudios de historia de la filosofía de la naturaleza, la religión y el arte (versión española de María Luisa Balseiro, Madrid: Alianza, 1991), han analizado la larga tradición del tema a través de la literatura y las artes plásticas. Desde el punto de vista literario sobresalen, entre otros ejemplos, los personajes melancólicos creados por Cervantes y Shakespeare. Proverbiales resultan, en tal sentido, el humor melancólico español y el spleen inglés. Desde el punto de vista artístico, destacan Durero, Lucas Cranach, Matthias Gerung, por ejemplo.

Robert Burton publicó, en 1621, Anatomía de la melancolía, libro en el que afirma que “la melancolía (...) está en la disposición o en el hábito (...). Y de estas disposiciones melancólicas no está libre ningún hombre viviente”.

De la melancolía a la depresión



El psiquiatra alemán Emil Kraepelin relacionó la melancolía con la psicosis maníaco-depresiva (véase Depresión), trastorno que puede aparecer después de un periodo prolongado de melancolía. Los accesos maníacos y melancólicos se alternan de forma regular, aunque son más frecuentes los segundos. El primero en estudiar la melancolía fue el psiquiatra francés del siglo XIX Jean-Étienne Esquirol, que la integró en el grupo de las monomanías, enfermedades mentales que poseen un núcleo central predominante (como, por ejemplo, la obsesión).

Los primeros síntomas son la astenia (debilidad, cansancio), falta de apetencia e insomnio. Posteriormente, el enfermo inhibe su pensamiento y ralentiza los procesos intelectuales. Cada vez habla menos, pudiendo llegar a enmudecer del todo. A veces acompañan a estos síntomas la anorexia y la amenorrea. Su tratamiento, que puede durar unos seis o siete meses, consiste básicamente en antidepresivos y sales de litio que reducen su duración y previenen la reincidencia. La melancolía puede llegar a ser una enfermedad peligrosa, ya que el deseo de muerte es constante y existe la posibilidad de que el enfermo cometa actos desesperados, como el suicidio.
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